domingo, 24 de junio de 2018

EL BAUTISTA

JUAN, ES SEGÚN JESÚS EL MÁS GRANDE NACIDO DE MUJER.
DE ÉL SE CELEBRA EL NACIMIENTO Y NO LA MUERTE COMO
AL COMÚN DE LOS SANTOS.

JUAN INVITABA A LA CONVERSIÓN, DENUNCIABA LAS INJUSTICIAS. 

ANUNCIÓ A JESÚS DICIENDO: "DETRÁS DE MÍ VIENE UNO AL QUE NO SOY DIGNO DE ATARLE LA CORREA DE LAS SANDALIAS" Y LO INDICÓ COMO EL "CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO".
FUE UN GRAN PROFETA, QUE MURIÓ MÁRTIR POR DEFENDER LA JUSTICIA DE DIOS.

TAMBIÉN LO VENERAN LOS CRISTIANOS EN GENERAL, EL ISLAM Y LOS BAHAI´. Y ALGUNOS GNÓSTICOS.


DIGAMOS COMO JUAN:  Conviene que Él (Jesús) crezca para que yo disminuya".

viernes, 15 de junio de 2018

Alegraos y regocijaos (Mt 5,12),

"Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12), 
dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. 

Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1).

La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo». Por otra parte, san Juan Pablo II nos recordó que «el testimonio ofrecido a Cristo hasta el derramamiento de la sangre se ha hecho patrimonio común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes». En la hermosa conmemoración ecuménica que él quiso celebrar en el Coliseo, durante el Jubileo del año 2000, sostuvo que los mártires son «una herencia que habla con una voz más fuerte que la de los factores de división».

Exhortación Apostólica del Papa Francisco "Alegraos y Regocijaos".


sábado, 2 de junio de 2018

"EL QUE COME MI CARNE TIENE VIDA ETERNA,


El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.

Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.




































































































































sábado, 19 de mayo de 2018

Ven, Espíritu de Dios



¡Luz que penetras el alma!

A los primeros discípulos de Jesús y a los cristianos de las primeras generaciones se les ve que han descubierto una manera nueva de vivir. No saben cómo explicarlo.
Dicen que han recibido el «Espíritu Santo».
Para ellos, este «Espíritu Santo» es un regalo de Dios que reciben cuando toman la decisión de seguir a Jesús. Esta fuerza que sienten en su interior, ese impulso que los anima desde dentro, esa vida que llena su corazón sólo puede venir de Dios. Todavía hoy, cuando los cristianos recitamos el «credo», decimos así: 
«Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida».

Jesús, vive totalmente animado y movido por el Espíritu de Dios, y ¿yo? 
Hay cosas que todos podemos intuir y hasta experimentar si nos acercamos a él.
El Espíritu de Dios enseña a no malgastar la vida de cualquier manera, a no pasar superficialmente junto a lo esencial, a no ir viviendo los días de manera inconsciente.
Centrar nuestra vida en el Espíritu es saborear la vida de una manera más intensa y honda.
El Espíritu de Dios pone en nosotros alegría interior, introduce en nosotros luz y transparencia, nos hace conocer una confianza nueva ante la vida. Algo cambia en nosotros.
Vivir animados por el Espíritu nos libera del vacío y de la soledad interior.
El Espíritu de Dios nos enseña a estar atentos a todo lo bueno y sencillo, con una atención especial a quienes sufren. Empezamos a vivir de forma más bondadosa porque crece en nosotros la capacidad de amar y ser amados.
El Espíritu de Dios nos ayuda a «renacer» cada día y nos permite comenzar cada mañana sin dejarnos derrotar por el desgaste, los errores y el cansancio del vivir diario.
No sabemos cómo ocurre, pero dentro de nosotros hay una fuerza que nos sostiene.
El Espíritu de Dios nos abre a una comunicación más confiada y sincera con Dios.
Nos enseña a orar. Nuestras dudas, interrogantes y resistencias comienzan a disolverse.
TOMADO DE  ANTONIO PAGOLA.






jueves, 12 de abril de 2018

ALÉGRENSE Y REGOCÍJENSE.

El Papa Francisco nos hace un llamado a la Santidad

            Guardo un momento de silencio. 

¿En qué consiste la santidad para mí?

 I Pt 1,16
"Él  Señor nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1).
A cada uno de nosotros el Señor nos eligió «para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» "(Ef 1,4).                                                                                                                   


Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios mantienen con nosotros lazos de amor y comunión. Podemos decir que «estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios, no tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce.


Hago memoria de personas santas que he conocido, en mi familia...abuelos, tíos,  dueñas de casa, trabajadoras, profesores...algunos que me hayan marcado por su bondad, cercanía, dedicación a las personas desvalidas, amor a Dios... Las nombro______


¿Me he propuesto ser santa, santo, amando de corazón a Jesucristo y a las personas, sin mezquindades, viviendo el mandato del Amor, que nos dejó Jesús": ámense unos a otros como yo les he amado"?
Todas las personas hemos sido creadas para  ser santas a la manera de Jesucristo y llegar a la plenitud de nuestra humanidad en el Resucitado.





Tomado de la Exhortación Apostólica del Papa Francisco, "Alégrense y regocíjense". 

                        Abril 2018

domingo, 1 de abril de 2018

Para mi fe (con mi teología),

   los muertos no existen. 

     Pasaron por la muerte y resucitaron; pasaremos por la muerte y seremos resurrección, vida plena en el ámbito misterioso de la plenitud de Dios. Todos los muertos son “aquellos muertos que no mueren”, porque son resucitados. La muerte, por la que “pasamos” (toda muerte es pascual), nos es connatural, ciertamente. Nacemos para vivir y este vivir, tan hermoso y tan precario, pasa por la muerte; hijos del barro somos, la caducidad nos acompaña como una sombra envolvente. La resurrección es puro don gratuito del Dios de la vida.

     Creyendo en la resurrección, la muerte no deja de ser “el mayor de los males”, según la confesión del adagio latino. Todos los miedos humanos se reducen, en última instancia, al miedo de la muerte. Morir siempre es un misterio de sombras, de ruptura, de trauma existencial; “una aventura” radical, la más radical de todas, “como un acantilado del cual hay que lanzarse con los ojos cerrados”.... “con una humilde esperanza de que abriré los ojos”. 


Tomado de Casaldáliga.

sábado, 24 de marzo de 2018

UN FINAL VIOLENTO




          El gesto supremo


Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo. Sabía a qué se exponía si seguía insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Era imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los «pobres» y los «pecadores», sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesaba cambio alguno.
Ciertamente, Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Toda su vida se había dedicado a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Por eso no corre ahora tras la muerte, pero tampoco se echa atrás.
Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos aunque su actuación irrite en el templo. Si terminan condenándolo, morirá también él como un delincuente y excluido, pero su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no excluye a nadie de su perdón.
Seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá también él como un despreciable esclavo, pero su muerte sellará para siempre su fidelidad al Dios defensor de las víctimas.
Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Esta actitud salvadora que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.
Por eso a los cristianos nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera.
Es indigno convertir la semana santa en folclore o reclamo turístico. Para los seguidores de Jesús celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús solidarizándonos con los crucificados.